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Verdades obvias del acoso callejero a mujeres

Tal vez parecerá de perogrullo lo que diré aquí, pero acá van algunas explicaciones de por qué al hombre le cuesta entender la molestia de la mujer con el acoso callejero.

-El hombre no ve como acoso el hecho de gritarle o decirle unas palabras a la mujer. Al no haber forcejeo, intención de retener a la persona; el hombre no ve que haya mayor peligro o daño en eso y por lo tanto, cree que la mujer comete una exageración al intentar penalizar esta conducta. Estoy segura que casi todos los hombres que han dicho o han acosado verbalmente a una mujer, jamás les pasaría por mente violar a una o llevar efectivamente a cabo lo prometido en el piropo. Sin embargo, les cuesta entender que aunque no se pretende un real acercamiento, tampoco la mujer quiera ser “halagada” Sí existen situaciones tangibles de acoso: hombres que se masturban en los medios de transporte público y eyaculan a mujeres, tocaciones, insistencia en entablar “conversaciones”, hostigamiento, etc.. y no son casos excepcionales; ocurren todos los días y a cada rato. Tampoco son producidos exclusivamente por indigentes o por hombres con problemas mentales evidentes. Muchos son tipos que trabajan o estudian y que aparentan ser ciudadanos comunes y corrientes.

-El nivel de vulgaridad, ordinariez, chabacanería o flaterío es directamente proporcional al nivel de lejanía física en el que se encuentre la mujer. Vale decir, mientras más alejado este el hombre y mientras menos posibilidades tenga la mujer de ir a encarar al hombre; MÁS vulgar y picante es el “piropo” que se dice. Es decir, el nivel de “hombría” aumenta mientras más lejos se esté de la víctima. Lo en que sí, ya es una burla para la mujer y jamás esto es interpretado como un cumplido.

-El piropo o la galantería pura es casi inexistente. La mayoría de las veces, son obscenidades que hacen sólo relación con la genitalidad. Situación que no halaga en lo absoluto. Si la mujer ignora y no responde generalmente se le dedican epítetos contradictorios de “fea, maraca”. Las groserías que se dicen casi siempre hacen relación a los genitales femeninos, a la descripción que hace el hombre sobre los posibles actos sexuales que le haría. Esto en ningún caso aumenta el ego de la mujer, ni menos su autoestima. Por el contrario, sólo provoca incomodidad y repulsión hacia quien lo dijo.

-El hombre piensa que la mujer solamente rechaza y encara el piropo del hombre cuyo aspecto no es atractivo o no aparenta ser el de alguien de clase social alta. De alguna forma, el hombre siente que la mujer es cínica y de cierta manera se siente “discriminado”. En realidad, esto hace relación con la edad de las personas, función y actividad que desempeñan. Un obrero, vendedor callejo, un chofer, un peatón deberían estar haciendo lo que les corresponde hacer y no dedicarse a molestar a otras personas. En el caso de haber simetría de edad o estatus, es mucho más fácil enfrentar al acosador ya que se tienen herramientas y libertad lingüística para hacerlo (se puede putear de tú a tú). Un hombre adulto acosando a una adolescente de 12 deja en muchas ocasiones sin capacidad de responder a su víctima porque se supone que alguien de esa edad no debiese hacer ese tipo de comentarios. El desagrado o el No gusto por el recibir comentarios de extraños no es una situación que moleste desde hace poco tiempo. Esta ha sido una actitud que siempre la mujer ha detestado y reprobado del hombre. Hasta hace no mucho, la reacción que tomaba la mujer consistía en obviar la situación, ignorar los comentarios (hacer como que no se escuchaba), no mirar y seguir de largo rápidamente, en algunos casos, hasta cambiar de verdad o camino para no ser víctima. Intentar reclamar era mal visto, incluso por los peatones y por mujeres; significaba quedar de ordinaria por discutir en la calle, sólo las mujeres rotas hacían eso. ¿Quién pasó alguna vez con alguna hermana mayor, amiga, tía, mamá o vio algo así?

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